¿Cuáles son los motivos de un autor al emprender una novela? Debe haber tantos como escritores. Muchos se propusieron retratar el mundo de su tiempo; de alguna manera es algo que toda obra de valor logra más allá de la intención que le dio origen. La novela historiográfica lo intenta explícitamente; la cuestión es, como siempre, de forma. ¿Partir de un suceso singular, de la propia aldea, para proyectarlo más allá, o elaborar una gran crónica totalizadora? Si se opta por lo segundo, el conflicto entonces es cómo llevar a la ficción documentos archivados e institucionalizados por especialistas, pensar a qué tipo de lector interpelará ese texto ¿ya está iniciado en la materia o la desconoce en su mayor parte? Cuando los temas a tratar son la Segunda Guerra Mundial, el genocidio nazi y el cerco de Stalingrado, el riesgo es mayor porque obliga a singularizar aún más el punto de vista, si lo que se quiere es echar una luz relativamente nueva sobre algo no sólo largamente estudiado sino muy recreado por la literatura y un medio más masivo: el cine.
Las Benévolas, segunda novela de Jonathan Littell, no termina de decidirse por una u otra opción; tampoco define a su destinatario, quizás con la esperanza de llegar a la mayor cantidad posible de lectores. Y este problema de base arrastra todos los demás.
El libro parece más bien una ópera prima donde -como pasa en primeras películas- el autor, que con 39 años al momento de publicar ya no tiene la excusa de la juventud, quiere ‘tirar toda la carne al asador’ y suma en lugar de restar. Si quitó, como sucede en toda edición, esto quedó muy bien disimulado.
El texto, autobiografía ficcionada de un oficial nazi, recrea -como dijo una escritora argentina- la tragedia de la Orestíada. Lo que comienza promisoriamente, con el narrador dirigiéndose al lector para abrir la caja de Pandora de una vida particular que va a ser contada por él mismo, su principal testigo, a lo largo de las páginas termina revelándose inútil. La pretenciosidad, el exceso de recursos, la ambición de mostrar todo lo que se sabe, todo lo que se investigó, el despliegue de nombres, datos y reiterativas descripciones apunta más al impacto que a la autorreflexión. Es demasiado notorio que busca exhibir su abanico enciclopedista, “no vaya a ser” que algo quede afuera. Esto asfixia a un lector de ficción y es redundante para uno conocedor de historia; la marejada de información de una página a otra borra las olas de datos anteriores, en una acumulación que impide seguir un hilo, recordar quién era tal personaje, en qué lugar y en qué momento del tiempo se encuentra el protagonista, una mínima cronología para poder situarse y desde ahí captar lo que se cuenta. Por momentos se hace referencia a escritos y juicios posteriores; por momentos se produce un extravío en un fárrago a medio camino entre el testimonio y la sensación personal. Otra vez la cuestión de forma; es arriesgado hablar de algo tan conocido y relevado, con personajes que llevan los mismos nombres propios que los históricos y con datos objetivos tomados de documentos, mezclándolo con ficción; en el caso de Las Benévolas un método así se queda a dos aguas; no resulta verosímil desde el punto de vista historiográfico, y tampoco productivo desde el punto de vista ficcional; en el terreno siempre arbitrario de las hipótesis, aventuramos que hubiera sido tal vez más útil narrar lo mismo desde personajes completamente ficticios que remitieran alegóricamente a los que realmente protagonizaron los hechos; en ese caso habría que reinventar también los escenarios y las situaciones sin anclaje directo en nombres, cifras y geografías determinados, que pierden valor en la acumulación confusa.
Tal vez Littell, que trabajó cinco años en el libro, estableció su línea de tiempo y calculó todo al milímetro, como hacen tantos novelistas, especialmente los que pretenden dar ‘testimonio’; pero uno se pierde irremisiblemente en la maraña de acontecimientos, que atenta directamente contra la profundidad; las palabras se tragan unas a otras sin posibilidad de digestión. A pesar de sus hallazgos, como los diálogos político-filosóficos entre algunos personajes, Las benévolas sufre por esa banalización y el esquematismo de muchos fragmentos; la narración del protagonista, en primera persona, se vuelve predecible y esto anula las supuestas contradicciones con que se busca matizarlo.
El primer tercio de las aproximadamente 900 páginas es un conglomerado de nombres y rangos alemanes que por momentos mueve a risa: a veces encontramos por página diez o quince patronímicos con sus respectivos escalafones y las siglas correspondientes: un breve fragmento condensa esta tendencia: “Cualquier controversia seria debía someterse al criterio del nuevo embajador, el doctor Veesenmayer, un SS-Brigadeführer honorario, o al de sus colegas del Auswärtiges Amt. Según decía Winkelmann, Kaltenbrunner también estaba en Budapest; había venido en el vagón especial de Veesenmayer, que habían enganchado al tren de Horthy cuando regresó de Klessheim, y estaba negociando con el teniente general Döme Sztójay…”. O “La ciudad estaba a rebosar de alemanes, oficiales de la Wehrmacht y de las Waffen-SS, diplomáticos del Auswärtiges Amt, funcionarios de policía, ingenieros de la OT, economistas de la WVHA, agentes del Abwehr cuyos nombres cambiaban con frecuencia.” El alemán no es precisamente un idioma conciso y breve. Esta enumeración absurda recuerda sin querer a las series y películas malas sobre los nazis, donde se los ridiculiza con tanta gracia y se los muestra saludándose todo el tiempo, taconeando y hablando en germánicos estornudos. No parece ser la intención del autor, que antes bien quiere ponerse “del otro lado del mostrador” para abarcar mejor las características de esos autodenominados nacionalsocialistas y en cierto modo comprenderlos.
Si Littell buscó alardear de todo su conocimiento en materia de fuerzas armadas nazis, lo logró de modo espectacular pero disparatado; el problema es que esta hilaridad involuntaria no cuadra con el tono trágico del texto. Un detalle no menor es que el glosario que incluye el libro no alcanza a cubrir ni el 20% de esos términos abigarrados, iniciales, voces en alemán, polaco, ucraniano, ruso, y otros dialectos. Muchos incautos quizás vean en tanta parafernalia un sinónimo automático de sesuda investigación o profunda intelectualidad; pero también se puede pensar lo contrario: que la capacidad de confusión de cualquier catarata de datos inútiles sirve para encubrir la ignorancia del narrador sobre determinado tema. No creemos que sea éste el caso de Littell (lo que se conoce en criollo como un ‘chanta’ liso y llano); yendo a una interpretación ramplona, ese efecto desorientador podría deberse más a una inseguridad juvenil, como un principiante que agota todas las precisiones posibles en una autoexigida demostración de saber, por las dudas de que alguien ¿quién sabe quién? cuestione su conocimiento en la materia. O tal vez él mismo, arrastrado por la avalancha de nombres, no pudo más que anotarlos TODOS, aunque fuera en diez, una o media página (le dio igual). Lo raro es que no hubiera desmalezado al momento de corregir.
Tal vez tenga mucho que ver en esto que su primera lengua es el inglés, y eligió el francés para escribir la novela. Los que la leen en español (de España) ya reciben un material muy deformado por sucesivas traducciones, incluida la que el escritor elaboró en su mente saltando de un idioma al otro; la edición española, como suele pasar, necesitaría ya de por sí un glosario propio.
También desemboca esto en un problema de ritmo, presente incluso en la forma de los diálogos, víctimas de un montaje ripioso; aparecen, aún los más breves, siempre intercalados por una suerte de didascalias como las que se dan por ejemplo en éste: «Kerig es un gallina –dijo con tono perentorio cuando le conté la conversación- Y Schulz también. A Schulz hace ya tiempo que no lo perdemos de vista…» Me miró, pensativo. «Por supuesto que lo que nos piden es atroz. Pero ya verás cómo saldremos adelante». Se puso serio del todo. «Yo no creo que sea la solución acertada…» Didascalias más propias de un libretista; aunque el autor lo niegue, podríamos apostar a una futura adaptación de Las Benévolas a la pantalla, por esta minuciosidad en cuanto a cada gesto de los personajes y por la gran visualidad del texto.
No obstante el estilo, las descripciones tediosas que hace Littell sobre la burocracia nazi refuerzan la idea siempre interesante de hasta dónde puede llegar un sistema social arruinado entre la humillación y el hambre, cuyo resentimiento fuga hacia el ‘patrioterismo’ como tabla de salvación.
Alemania (y a su manera también la URSS, como narra el libro) usó como fácil excusa el chivo expiatorio racial; un pretexto que parece idiota de tan sencillo, dado el histórico prejuicio cristiano más o menos latente en Europa contra el judaísmo (bien palpable en la vieja Prusia y el Este con los pogroms). Esto sirvió para distraer y mantener atareado a todo un país, llenando ese vacío que siguió a la Primera Guerra, con la organización administrativa de abstrusas jerarquías y funciones para el robo y el asesinato, algo que la proverbial eficiencia germánica cumplió con su característica rigurosidad, y que sería emulado con múltiples variantes y objetivos en la Sudamérica de los años ’70. Más allá de las teorías descriptas por Littell que los alemanes farfullaban sobre pureza racial, superioridad genética, etc, etc, el libro inspira la idea simplificadora de que todo fue planeado más que nada para salir de la desesperación de no tener en qué ocuparse, para buscarse simplemente “algo que hacer” y conseguir financiarlo gracias a sus víctimas, vengándose de la derrota y el fracaso que habían sabido conseguir en 1918.
Para singularizar el punto de vista del relato, que es la primera persona del protagonista (Max Aue), Las benévolas cae en un subrayado constante de la sexualidad perversa que él manifiesta desde su infancia, al extremo de volver explícitas reiteradas escenas que podrían vislumbrarse o sobreentenderse sin necesidad de repetir puerilmente tantas veces ANO, CULO, VERGA (sic) o de describir una refinada práctica de introducción de salchichas de Viena por los dos primeros. Parece superfluo, salvo que lo que se busque sea épater le bourgeois. Por otra parte, y más importante ¿conviene diseñar a un nazi como un ser perverso de antemano, en lugar de construirlo desde el hombre común, como cualquier otro, de manera que su accionar resulte mucho más inquietante? Porque el personaje, un arquetipo de manual freudiano, es bastante sui géneris en relación a la mayoría de los que participaron en el genocidio; su especificidad psicológica explica por sí sola su pulsión de violencia. Así se resuelve tranquilamente el tema, en lugar de plantear la pregunta más perturbadora que se formulan otras obras, como El Sr. Galíndez de Pavlovsky, o la película I como Icaro de Henri Verneuil: ¿es posible que cualquiera de nosotros pueda convertirse en un verdugo? En Las benévolas Aue lleva desde chico la semilla del odio contra el mundo, por resentimiento infantil contra sus padres, mucho antes de entrar al Partido (adonde, con la misma lógica perversa, va a buscar una nueva ‘familia’); no es el ejemplar más apropiado para entender el fenómeno masivo en el que estuvo inmerso.
¿Qué quiso hacer Littell? En entrevistas declaró que se interrogaba justamente sobre la figura del verdugo; la patología del suyo tal vez le resultó tranquilizadora para entender al resto, salvo que, como decíamos, los otros eran –y esto sí es escalofriante- más simples y normales, y una vez acabada la guerra volvieron a esa normalidad, una suerte de estado larvario previo.
En cualquier caso, el resultado es un libro que trasunta anhelos de “grandeza”, “trascendencia”, “mayúsculas”. Y que ese afán sea tan ostensible va en detrimento de su objetivo. Littell, según los reportajes, aborrece a Wagner y prefiere a Debussy. Sin embargo, tal vez con la secreta (¿inconsciente?) esperanza de escandalizar lo más fuerte posible, no pudo resistirse y desplegó una pirotecnia megalómana digna del primero. Tal vez hubiera sido más efectivo y menos efectista un relato más modesto. Una partitura rimbombante podrá ser magnífica, pero es probable que aturda y hasta cause rechazo o peor: aburrimiento. Una más moderada tiene a lo mejor más chances de perdurar en el oído, más sutil y eficazmente.
Rasgos adolescentes de una escritura, como decíamos, llena de pretensiones, incluidas las académicas ¿Por qué el idioma elegido para Las benévolas fue el francés? ¿Por qué no el inglés, o, mejor todavía, el alemán? ¿Se trató también de una especulación con la “gloria” y el “prestigio”? Los premios canónicos que ganó la novela (el Goncourt y el Grand Prix du Roman de la Academia Francesa) reafirman que esa pretenciosidad tiene su recompensa en el presente mercado editorial de supuesta ‘qualité’ o ‘alta cultura’.
Helmut Berger